lunes, 18 de octubre de 2010

Zombies

Cuando yo era adolescente, es decir, tenía la edad de los adolescentes de ahora, me chiflaban las películas de miedo a pesar de que era un poco caguetilla, y de entre ellas, las de zombies me causaban especial zozobra, hasta el punto que después de ver una de ellas me daba congoja dormir solo en mi habitación.
Ya me pilló mayorcito, pero la peli de El Amanecer de los Muertos me llenó de congoja hasta los huesos, durante muchos días soñé con que me perseguían los zombies por el centro comercial y la angustia de no poder librarme de ellos todavía la recuerdo.

Lo que más me impactó de los zombies fue la capacidad de caminar sin rumbo fijo, con la mirada perdida y los churretes sanguinolentos adornándoles la cara. También me llamaba la atención lo difícil que era cargárselos; como ya estaban muertos y lo sabían, se aprovechaban de ello y caminaban y caminaban con los brazos extendidos hacia cualquier ser vivo que se pusiera a su alcance. 
 Pasados los años, prácticamente habían desaparecido de mi archivo mental estos personajes, pero de un tiempo a esta parte he empezado a encontrármelos por doquier. Al principio solo los veía en los trenes y autobuses, ensimismados, con la mirada perdida y balanceándose ritmicamente en silencio; después empecé a verlos por la calle en la misma actitud, por los centros comerciales como antaño, hablando solos, gesticulando sin sentido, atravesando vías y calles sin mirar, cruzándose conmigo sin verme ¡Qué desasosiego! Pero la desazón aumentó cuando descubrí que existían hasta en mi propia casa. Llamo a comer o a cenar en la inmensidad de 90 m2, y aunque oigo movimiento nadie acude; alzo la voz al alcance ya de los vecinos y sigue sin acudir nadie, me acerco y a diez escasos metros encuentro mi objetivo que me mira con ojos interrogantes ¡Qué pasa! dice sacándose algo de un oído ... 
Los nuevos zombies caminan ensimismados conectados a multitud de artilugios que les aíslan de lo que les rodea, a menudo, peligrosamente aislados. Escuchan su música, hablan con sus allegados, resuelven problemas, cierran negocios, arreglan el mundo, pero no levantan la mirada a las cornisas de los edificios, ni a las copas de los árboles, a los pájaros, al cielo, a los aviones que lo surcan; no captan el detalle del niño de la mano de su madre, que camina raudo a su paso cotorreando alegremente, no se fijan en los gestos, en las miradas, en los colores del trayecto. No viven la calle y en la calle pasan cosas distintas cada día de las que merece la pena disfrutar, pues no las podemos enlatar y reproducir al día siguiente.

domingo, 17 de octubre de 2010

El paso

Tengo dos seguidores incondicionales (y algunos lectores más) de este rincón de sastre, que llaman blog. Un blog sin seguidores es como un diario debajo de la cama; yo ya tengo dos, uno mi amigo Antonio y otro mi hija Blanca; no podía ser de otra manera, dos asideros importantes en la vida,  la amistad y la familia; hay más, pero estos son importantes.

Lo bueno de tener un amigo es que sabes que está ahí, lo veas mucho o poco, tengas más o menos relación, está ahí, te acuerdas de él y sabes que él también se acuerda de ti. Normalmente no necesitas nada en tu devenir diario, pero si lo necesitas, él está ahí, disfruta con tus alegrías y sufre con tus penas. Cuando me contó que colgaba sus fotos de barcos en un blog, me acordé del mío, creado y abandonado al mismo tiempo y me animé a retomarlo. Ahora nos seguimos mutuamente, nos enseñamos nuestras cosas.

Cuando Blanca se enteró de que yo hacía mis pinitos blogueros, yo me enteré de que ella ya hacía los suyos por su cuenta. ¡Que cosas! Tan cerca y tan lejos, ahora nos permitimos el lujo de conocer otras facetas de nuestra vida que en nuestra relación casera no surgen. Bien. 

Echo mano de mi lista de contactos en el outlook y veo la cantidad de personas con las que comparto ese medio de comunicación: trabajo, familia, ocio ... Bueno, algunos de ellos seguro que se entretienen con mis cosas, rebuscando en mi cajón de sastre, así que he decidido dar el paso de compartirlo con ellos. Saludos cordiales.

Bodas


Cuando estaba de estreno de este blog, allá por el 19 de mayo de 2006 y tras la comunión de Elisa, me preguntaba yo por la siguiente boda que sucediera a las de Pilar-Yayo y Silvia-Adolfo, sin caer en la cuenta de que esto de las bodas suele traer consecuencias para las partes contratantes, así, se han intercalado los bautizos de Guille y Miguel Roque en La Romaneta.

Pues bien la incognita fue desvelada y continuó la saga de matrimonios familiares el pasado 3 de septiembre, con el ¡sí quiero! de Celia y Agustín que hizo las delicias de los asistentes, aunque también arruinó más de un maquillaje como consecuencia de las intervenciones de hermanos y hermanas que pusieron un nudo de emoción en la garganta de los asistentes y más de una lágrima incontenida en las primeras filas.

Ayer asistímos a otra boda, la hija de una compañera de trabajo, a la que he visto crecer a toda prisa desde el patio del colegio Jesús María, hasta el altar, pasando por la escuela de Ingenieros de Caminos de Valencia, donde le echó el ojo a su profesión y a su consorte.

Da gusto ir de boda, son emocionantes, todos estamos contentos, nos llevamos bien y lo pasamos mejor; vemos familia con la que nunca coincidimos, conocemos interesantes compañeros de mesa, nos desmelenamos en la pista de baile y nos retiramos cuando el cuerpo se rinde, comentando la jornada. En esta sociedad que todo lo reglamenta y organiza, debería ser un derecho constitucional y una obligación ineludible la de asistir, al menos, a una boda al año. ¡Vivan los novios!

sábado, 16 de octubre de 2010

Los libros de mi abuelo


Mi abuelo Isidro era un buen tipo. Tuve la suerte de relacionarme con él durante los dos años que pasé interno en Madrid; con él y con la abuela Carmela, quién cada vez que podía acercarme a verlos me preparaba unas natillas caseras que me encantaban y que aunque pasado el tiempo me enteré que eran de sobre, no dejé de añorarlas. Me gustaba su casa de la calle Ferraz, por la línea 4 del Metro, de la Avenida de América a Arguelles, me ponía en ella en un pis pas. El ascensor de madera, antiguo a más no poder, traqueteaba hasta el cuarto piso al que siempre llegabas conteniendo el aliento, y aunque me gustaba tumbarme en un sofá pequeñito del que me colgaban las piernas en el cuarto de estar, entrando a la derecha, lo que más me gustaba de la casa era la cocina alicatada de blanco, con su despensa, su cocina económica, la caldera, la fresquera y por supuesto, la leñera con el portillo de madera que dejaba entrever sus entrañas repletas de carbón; me gustaba subirme encima con las piernas cruzadas mientras disfrutaba de las natillas. Pegada a la cocina estaba Alaska, una habitación pequeña, de servicio, con dos robustas literas de hierro cuajadas de mantas con las que poder sobrellevar la gélida temperatura que le daba el nombre.

En esa casa vivió mi padre de joven y ahora vive mi padre de abuelo, es la casa de los Márquez. Mi abuelo murió sorprendiéndonos a todos, yo creo que incluso a él mismo; con lo previsor que era y no le dio tiempo de organizarse. La abuela murio después, pienso que perdió bastante el interés por las cosas cuando se fue el abuelo y anduvo a vueltas por seguirle hasta que lo consiguió, no sin antes venir a mi boda, la de su nieto mayor, el de las natillas.

La casa se fue vaciando, unos esto, otros aquello ... poco a poco la casa que yo conocía se fue desvaneciendo hasta quedar desnuda. En aquel trasiego no participé ¡No me gusta desmantelar las cosas, yo soy arreglador!. Alguien me preguntó si no tenía interés en conservar algo, y un buen día me pasé por allí por ver que quedaba. No quedaba nada, al menos a la vista, aún así, localicé dos cosas que conservo con cariño: una Virgen del Pilar casi de tamaño natural, que llevamos a platear y preside el salón de mi casa desde las alturas y un diminuto nacimiento escondido en una vasija de barro que permitía verlo por una abertura y que tras sustituir la vasija por una base de madera con una campana de cristal, me recuerda a mis abuelos cada vez que me siento a trabajar en mi bureau del cuarto de estudio.

No quedaba nada que nadie quisiera, abrí el armario de la entrada, y allí estaban, apilados, ordenados, esperando, los libros de mi abuelo, aquellos que semana tras semana a lo largo de muchos años de su vida había ido atesorando, pulcramente firmados y con la fecha de su adquisición, allí estaban los realistas de fines del XIX y principios del XX, Galdós y sus Episodios Nacionales de los que solo faltaba Trafalgar (Que conseguí posteriormente aunque de una edición moderna), Pereda, Pedro Antonio de Alarcón, Blasco Ibañez, Palacios Valdés, Pardo Bazán, Alas Clarín; la Generación del 98 al completo, con títulos de  Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, Ramón del Valle-Inclán, Antonio Machado, Azorín, Pío Baroja; libros de Manuél Alcón, Ricardo León, Pérez Madrigal, Concha Espina, novelas del Caballero Audaz, Jardiel Poncela y más, muchos más. Ese era mi tesoro, el que me dejó mi abuelo y yo dejaré a mis nietos, sus libros, los míos.

jueves, 14 de octubre de 2010

Los Pilares de la Tierra

Vidriera de las Santas Justa y Rufina.  Juan Bautista de León. 1.685. Catedral de Sevilla
Aunque no sigue muy fielmente el libro de Ken Follett, la serie que ha emitido Cuatro no ha estado mal. El libro me gustó, la serie no tanto, aunque lo que me trae aquí no es ni lo uno ni la otra. Me trae la Catedral, concretamente las vidrieras; siempre me han llamado la atención las vidrieras de las catedrales, santuarios, monasterios, iglesias ... Viendo los Pilares de la Tierra caí en la cuenta de lo importante que es la naturaleza y su observación para que el ser humano consiga sus propósitos. Tanto el cantero Tom como su prohijado Jack vivían en pleno contacto con la naturaleza y ambos eran espabilados, pero el segundo era el que mejor sabía exprimir lo que le rodeaba, de ahí que ideara la forma de hacer entrar esa luz tan cautivadora en su catedral al observar las alas de las libélulas y la forma en que la luz atraviesa sus delicadas alas. Esta es, al menos, la versión romántica de la invención de las vidrieras que a mi me gustaría fuera real. Porque, en caso contrario ¿Que objeto tiene la existencia de las libélulas?

Libélula en reposo

Mariposas

Los bichos no posan como el resto del mundo, se ponen donde quieren, como quieren y lo que es peor, el tiempo que quieren (eso claro, cuando te dan el gusto de pararse lo suficientemente cerca), esto le da una pizca de emoción y un mucho de frustración al intento de retrato del animalejo en cuestión. También cuenta, y mucho, el equipo de retratar, normalmente no lo suficientemente potente y sofisticado como le gustaría al retratista.
Tras estas vanas excusas, traigo aquí tres adquisiciones recientes de mariposas ibéricas. Por orden cronológico de adquisición, empezaré por una Euchloe ausonia, también conocida como Blanca meridional, alimentándose tranquilamente este verano.
Las siguientes adquisiciones tuvieron lugar el mismo día (buena caza), ambas estaban un poco tocadas de cola y les faltaba parte del timón de vuelo, señal de que ya estaban maduritas y hartas de revolotear. La primera, una Papilio machaon, o Macaon a secas, estuvo posando amablemente durante un buen rato, así que no había escusa para sacarla en condiciones ¡Lástima de la cola mutilada y del fondo poco propicio!
La última, una Iphiclides podalirius feisthamelii, o como queda más familiar y según la zona, Podalirio o chupaleche, no fue tan paciente, estaba más nerviosa y no paraba de alzar el vuelo y posarse; en una de esas pude hacerle un par de fotos y en seguida otra vez a volar. Fue su último vuelo; mientras yo estaba entretenido con las mariposas, una bandada de abejarucos sobrevolaba el Cerro alrededor del Santo y en un instante oí un zumbido seguido de un chasquido a estribor y por el rabillo del ojo tuve conciencia del vuelo de uno de aquellos espabilados con la mariposa en el pico. No somos nadie debió pensar la chupaleche (si le dio tiempo, claro)

Aniversario. Y 2.

Este aniversario ha sido un poco atípico: no hemos hecho viajecito, no nos hemos regalado nada y ni siquiera nos hemos tomado los socorridos langostinos de las celebraciones. Es más, cuando nos pilla en Murcia como ha sido el caso, nos gusta darnos una vueltecita por la Catedral y sentarnos (si está abierta) un ratito en la Capilla de Los Velez. Pues esta vez, ni eso; el lunes 11 por la mañana de nuestro flamante aniversario, emprendimos paseo sin rumbo fijo, pero con el pensamiento puesto en nuestra tradicional visita catedralicia. ¡Cerrada! estaba cerrada. Lunes por la mañana y cerrada. Para consolarnos, unos raquíticos mejillones en La Mejillonera, que ni pudimos sentarnos porque estaban haciéndole el marketing a la terraza; total, que acabamos un poco desconsolados frente a un par de ensaladillas rusas en el Marcos y antes de rematar el día en Alicante con muchas mejores sensaciones.

Hoy en cambio, ha sido otra cosa, ni era 11 de octubre, ni nuestro aniversario, ni ha sido premeditado, pero el paseo vespertino ha acabado en la Catedral y hemos rematado con una visita a la Capilla de Los Velez, radiante de luz, como el día de nuestra boda y con una misa, como el día de nuestra boda. No ha habido aplauso al final, pero nos ha venido bien echar un rato en la casa del Señor que tan buenos recuerdos nos trae, y al menos hemos cargado las pilas para hacer frente a tantos interrogantes que se nos plantean día a día. Algunas veces, las celebraciones vienen a ti cuando menos te lo esperas.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Velocidad de crucero

Crucero Canarias

Cuando era un imberbe y un tirillas me gustaba ir corriendo a todas partes, me costaba lo mismo que ir andando y tardaba menos. Durante un tiempo estuve yendo con mi hermano a un club para practicar judo, al otro lado del Cuartel de Artillería, en Cartagena, y a la vuelta, ya de noche, corría como alma que lleva el diablo todo el lateral del Cuartel. No pasé del cinturón blanco/amarillo, pero corría divinamente.

Ya más mozo me moto-ricé, y fue entonces cuando empezaron a decaer mis cualidades de gacela, aunque no me preocupó lo más mínimo. Ahora llegaba cumplidamente antes a todas partes y además había mejorado sensiblemente mi status social. Esta situación de moto-dependencia se ha mantenido hasta la actualidad. No es que no haya caminado desde entonces, que lo he hecho y mucho, sino que no ha sido una actividad a la que le haya prestado un especial interés hasta ahora.

En los últimos tiempos y debido a una alarmante escora de la báscula de baño hacia la derecha, amén de unos niveles de colesterol y triglicéridos por encima de lo aceptable, decidí retomar las caminatas con asiduidad, empezando por ir a trabajar en el coche de San Fernando (un ratito a pie y ...)

Llevaba en estos menesteres desde el año pasado cuando a requerimiento de las necesidades familiares hube de ralentizar durante una temporada la cadencia de paseo, hasta el punto que, en ocasiones, me costaba trabajo mantener el equilibrio para no caerme a los lados (o por lo menos, eso me parecía)

Ya normalizada la situación, he vuelto a recobrar mi marcha habitual, y aquí surge mi problema: me he dado cuenta de que cuando más rápido voy, pensando que soy todo un campeón, llega un canijo que me adelanta por la derecha con un cigarro en la mano y sin aparente esfuerzo, seguido por una no menos endeble señora de indefinible edad y que me adelanta igualmente sin despeinarse, hablando por el móvil y dándole una calada a su cigarro. 

Tengo un amigo recién cumplidos los cincuenta y pocos, que corre por gusto, aunque también tiene moto, y se mete unas palizas estupendas entre medias maratones y carreras diversas; en la última se ha chupado 21 km en dos horas raspadíllas, esto es, prácticamente ha mantenido una velocidad de crucero de 10 km por hora.

Yo, en cambio, en lo mejor del día, camino del trabajo a primera hora de la mañana, compitiendo con todo aquel que se me pone al alcance, incluidos los antes mencionados, aunque no lo sepan, y contra mí mismo, en mis mejores registros, he llegado a hacer los 2 km que hay de mi casa al trabajo en 20 minutos, esto es, a una velocidad de crucero de 6 km por hora.  

He concluido mis observaciones matutinas en que lo importante no es a cuanta gente adelante con paso decidido, sino poder dar un paso detrás de otro durante mucho tiempo, independientemente de la velocidad desarrollada, y seguir compitiendo contra todos sin que ninguno lo sepa.

martes, 12 de octubre de 2010

La Salamanquesa

De la familia de bichos prehistóricos que aún conservamos, la salamanquesa es el que mejor me cae, con diferencia; las lagartijas no me disgustan, pero son demasiado nerviosas, en cuanto te ven o te intuyen huyen como centellas dejando un rastro fugaz del verde iridiscente de su cola (eso cuando no has intentado echarle mano y te has quedado con ella retorciéndose ante tus ojos mientras te burla su dueña), los lagartos son más serios pero igual de esquivos, aunque si te pones, te hacen frente enseñándote sus dientes en hilera que dejan señalados en el palo que les acercas; estos son los de andar por casa, de los foráneos: caimanes, cocodrilos, dragones de Comodo, ninguno me cae especialmente simpático, quizá las iguanas por su parsimonia y saber estar; también los camaleones tienen su punto, eso de cambiarse el uniforme en función de las circunstancias es muy práctico y muy a propósito de los tiempos que vivimos.

La salamanquesa es como de la familia, si te conoce no se asusta, te deja verla y observarla (ella te observa también a ti por la ranura de sus ojos siempre abiertos), no te molesta, ella viaja por el techo y por las paredes y tú, generalmente solo por el suelo; no te disputa la comida, ella se alimenta de todos los molestos bichitos que comparten la casa con nosotros: moscas, mosquitos, polillas, arañas ... y nosotros nos comemos lo demás. Cuando consigues que una salamanquesa se instale en tu casa, es buena señal, ya tienes triturador de basuras orgánicas gratuito, limpio y eficaz para diez años, y con suerte con el tiempo contará con ayudantes. Definitivamente le tengo cariño a Sarita, la descubrimos hace unos días en la casa de madera. Espero que se quede, comida no le va a faltar (Y cariño tampoco) 

Una noche multimedia

¡Jo qué noche!, alerta amarilla por lluvias en la comarca, borrasca antes de salir, gotas y arco iris de camino, puntos en el aire y chorrito de betadine, paseo por la ciudad, relajado, por el paseo marítimo, charleta, confidencias ¡Qué agradable!
Fotos para inmortalizar el momento, cenita en el casco antiguo con lambrusco frío y agua de marca, y más charleta, risas, bromas, cariño complice, paseo de vuelta por las avenidas tranquilas, escaparates. Rally turístico por la zona jugando a perdernos y encontrarnos. Hasta la próxima, nos despedimos. Una buena noche. Gracias, muchas gracias a las dos. Adiós.