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domingo, 19 de diciembre de 2010

London Transport Routemaster 468 AEC

No todas las colecciones tienen la misma motivación para su inicio. Esta la comencé por añoranza. Mi padre me regaló un precioso autobús inglés de dos pisos, con conductor y cobradora, y sus faros eran dos brillantes incrustados.

 Este modelo a escala 1:65, salió al mercado en junio de 1964 y durante la década que estuvo en producción, se fabricaron 1.394.000 ejemplares, de los cuales uno era el mío. Lo recuerdo con 12 o 13 de mis años, por lo que debió llegar a mi poder en 1970-71. Entonces no todo era made in China, y este modelo viene con su número de patente: el 904525 y su made in GT. Britain en los bajos.

Aquel autobús era muy especial, durante el tiempo que lo tuve, lo limpiaba y cuidaba con mimo, daba gusto lo bien que se deslizaba por el pasillo bamboleándose gracias a su sistema de amortiguación. Luego estaban el conductor y la cobradora, ambos de uniforme, él con su gorra de plato aferrado al volante muy serio, y ella, rubia con la cartera en bandolera, de pie en la trasera y esperando a los viajeros.

Por las ventanillas podían verse las filas de asientos con sus respaldos rayados y la escalera de caracol para subir al piso de arriba, donde te imaginabas sentado por encima del conductor, recorriendo las calles de un Londres desconocido.

El mantenimiento constituía un capítulo importante de la relación con mi CORGI. Siempre lo tenía a punto, limpio, sin pelos enredados en los ejes de las ruedas e impecable de pintura, que ya me preocupaba yo de repasar con un pincelito y pintura roja para maquetas, cualquier desconchón fortuito en su carrocería.

Desapareció en algún momento de mi transición a la adolescencia,  y ya no volví a verlo. No lo eché mucho de menos en aquella época, a esa edad surgen intereses nuevos a cada instante y su recuerdo quedó archivado para más adelante. Tuvo que pasar media vida más para recuperarlo; ya tenía otras colecciones en marcha y en algún momento surgió la necesidad de encontrar mi autobús, o al menos uno igual.

No tenía ni idea de los detalles concretos por los que empezar a buscarlo, sólo que era un autobús ingles de dos pisos, rojo, y de un tamaño que recordaba vagamente. Sin embargo pensé que no sería difícil encontrarlo; empecé por las jugueterías especializadas en Madrid y encontré alguno, pero no el mío; lo busqué en el Rastro muchas, muchas veces, hasta que en una ocasión apareció un ejemplar bastante destartalado, con el conductor y sus faros de brillantes, pero sin cobradora y en un estado de pintura lamentable. Aún así, pedí precio por él y se descolgaron con ¡12.000 pesetas! de hace 20 años; mi bolsillo no estaba a la altura de mi entusiasmo y allí se quedó.

No volví a encontrar uno igual. Para medio conformarme, los Reyes Magos me trajeron un modelo estupendo, de lujo, el mismo modelo redondito que yo recordaba, con retrovisores y todo, pero más grande y made in France. Fue el primero, y ya se sabe, uno llama a otro y a otro... El problema es que estoy en el país equivocado para buscar autobuses ingleses; si hubieran sido gitanas o toreros no habría sido difícil conseguir un número considerable en poco tiempo. Hube de recurrir a la familia y los amigos que visitaban la Gran Bretaña para hacerles el encarguito y la verdad es que se portaron, la vitrina se fue poblando de autobuses rojos, verdes y amarillos, todos de dos pisos (condición indispensable), de similares tamaños y distintos entre sí.  Entre los más curiosos, tengo un antecesor tirado por caballos, y dos iguales, uno cerrado y otro descubierto; también tengo uno muy original, de color morado y tres pisos, réplica del que sale en una de las películas de Harry Potter. Hasta un coleccionable de temporada me proporcionó algunos ejemplares.

Cuando ya tenía claro que nunca encontraría un clon de mi autobús, empezaron a popularizarse  los buscadores de Internet y las páginas especializadas en-todo-lo-que-se-te-pueda-ocurrir-y-mucho-más, y retomé la búsqueda a nivel mundial. En poco tiempo localicé el modelo exacto que había tenido, solo faltaba encontrarlo a la venta, y ebay fue la solución; mi hermano Jose que ya trajinaba el asunto de las pujas, me puso al corriente e incluso me consiguió un ejemplar similar al mío pero con distinta decoración. Me hice una cuenta de Pay-Pal y pujé por algunos ejemplares similares que llegaron a mi poder, perfectamente embalados y sin contratiempos. 

La perseverancia es una virtud que no suele defraudar (salvo si juegas a la lotería), y así, 20 años después de retomar la búsqueda, apareció un London Transport Routemaster 468 AEC de Corgi, en perfecto estado y con su caja original, nada menos que en Canadá. Diez días después lo tenía en mi poder, como recién salido de fábrica, flamante y reluciente, mil vueltas le dí, miraba y remiraba todos los detalles que revivían en mi memoria. ¡Qué ilusión! De golpe retrocedí 35 años, un cabo suelto entonces dejaba de estarlo ahora. Se acabaron las urgencias, ya lo tengo y ahora lo disfruto como antaño y algún día llegará, (espero) que veré a un nieto con ese brillo especial en los ojos, que le hará digno sucesor de mi Routemaster inglés. 

jueves, 11 de noviembre de 2010

Muñecas campana

Una colección empieza cuando uno se hace con dos cosas similares que le llaman la atención y empieza a pensar en como conseguir una tercera. Parece tonto el mecanismo, pero funciona y cuando te quieres dar cuenta, ya tienes la colección.

A partir de ese momento empieza lo divertido: buscar nuevos miembros al equipo. Cuando empecé con las muñecas con forma de campana lo único que tenía claro es que debían tener falda y un badajo colgando en su interior que sonara al agitarla. Suena fatal, lo sé, pero esas eran las condiciones.

No recuerdo cual fue la primera, ni la segunda, llevo ya mucho tiempo en el negocio y su recopilación ha dado lugar a recuerdos de todo tipo, como esa de cerámica de Talavera que me regalaron Nino y Mariola y a la que hube de acoplarle un badajo en condiciones que suena a gloria; o aquellas de una compañera de Marián, del cole, Rosa, las tenía en su casa de recuerdos viajeros; de viaje llegó una matrusca de madera, un tentetieso con mecanismo sonoro interno, cortesía de Helena que se la trajo de Rusia junto a sus dos hijos; otra llegó directamente del horno de cocción del colegio de Marián, quién la había modelado, cocido, pintado y vuelto a cocer hasta conseguir una maciza campanuela con su gorro campesino y su trenza rubia.

Las regaladas hacen ilusión, las que más, las que te traen de improviso, aunque uno en su ansia, a veces encarga alguna a sus sufridas amistades que tienen la suerte de viajar, esas también son muy satisfactorias, aunque te remuerda la conciencia (pocas veces). Las más las consigo en los viajes propios, las hay gallegas, asturianas, aragonesas, andaluzas y por supuesto, murcianas. Siempre hay alguna tiendecita de cerámica o cachivaches diversos en las que rebuscar; las más abundantes son aquellas que visten traje regional, con delantal y brazos en jarras, con tocado o sin él, por eso, cuando encuentro alguna que se sale de ese grupo, el premio es mayor: una bruja, una angelota, una menina o una peruana.

No hace falta mucho dinero para esta colección, más bien entusiasmo, tesón y curiosidad. El Rastro madrileño fue una buena fuente de inspiración al principio, como para otras colecciones, aunque a veces aparecían estupendas piezas, inaccesibles para mi modesto presupuesto; los mercadillos callejeros también dan sorpresas de vez en cuando, al igual que los antiguos "todo a cien" y algún que otro rastrillo de fin de semana.
En materiales está todo inventado, salvo una de madera antes mentada, la gran mayoría son de cerámica, más o menos fina, pero barro cocido en todo caso; el resto son de metal, desconozco la aleación, aunque suenan y bien. Eso es lo que cuenta. Durante un tiempo intenté conseguir que me hicieran una de cristal, un artesano del barrio de Santiago el Mayor, Reina se llama, pero no hubo suerte (de momento)

Hace unos días, buscando un regalo para un tercero en una tiendita del centro, apareció ella, una huertanica sonriente, hija de la misma artista que me proporcionó la menina, y Marián, siempre dispuesta al agasajo, me la regaló. Una pequeña historia más, la número 41.