miércoles, 27 de octubre de 2010

Halloween. ¿Truco o trato?

Se acercan las festividades de Todos los Santos y Difuntos y aquí tradicionalmente se estila visitar en los cementerios, a los familiares queridos que ya se fueron; se limpian lápidas, se llevan flores, se les recuerda in situ y se cumple con un ritual que desde tiempos remotos se renueva cada año.

 Los anglosajones celebran Haloween o Noche de Brujas la víspera de Todos los Santos, y nosotros, que nos gustan las fiestas como a pocos, no hemos tenido el más mínimo problema en incluirla en nuestro calendario festivalero, así que ¡Hala!, a comprar calabazas, esculpirles una mueca e iluminarlas por dentro, a disfrazarnos de brujas y brujos, de monstruos y monstruas, de sustos, de esqueletos ...

Los esqueletos, según y como, dan risa o susto; estos que invaden las calles con su truco o trato, sus bromas y sus botellones, son de los que dan risa. Los que no dan tanta risa y sí, más bien, susto y desazón son los esqueletos que aquí y allá jalonan nuestras ciudades como testigos mudos del fracaso de un sistema pretencioso, acostumbrado al éxito fácil, al todo vale, a los negocios rápidos y sustanciosos, a la falta total y absoluta de previsión.

Esos esqueletos nos recordarán durante mucho tiempo tanto despropósito, tanta ambición desmedida, tantas ansias de poder, tanto materialismo, tan poca cordura. ¡Qué lástima, cuantas oportunidades perdidas! ¿Truco o trato? 

domingo, 24 de octubre de 2010

Santateresa

Cresta del Gallo
Esta mañana de domingo, hemos salido de paseo con la idea de desmantelar en lo posible un antiguo y carcomido poste de la luz al que le eché el ojo hace unos días, con la sana intención de aumentar mi colección de aislantes eléctricos con un modelo desconocido entre mis trofeos.

El poste en cuestión ha sido víctima de las obras del nuevo vial a doble calle, que arrancando del puente de La Fica, se adentra en la huerta en dirección a Beniaján, más o menos paralelo al río. A pesar de ir bien armado de herramientas, el oxido ha podido conmigo y no ha habido manera de hacerme con el trofeo mayor, aunque me he consolado con dos menores que me han salvado de la frustración.

De ahí a la Cresta del Gallo subiendo por el lado de San José de la Montaña, (que ya no me acordaba de lo estrecha, sinuosa y peligrosa que es la carretera y encima de doble dirección), sorteando ciclistas que bajan sin importarles un pimiento su integridad física. Tras varios sustillos durante la subida, dejamos el coche convenientemente aparcado en linea con otro buen montón de ellos, cerca del mirador que hay nada más llegar a la zona de ocio.

Como la mañana invitaba y mucho al paseo, hemos dejado atrás el mogollón humano que se apiñaba en torno a sus coches y mesas, dándole al yantar desde que aterrizan en el lugar, y hemos seguido a buen paso, pista adelante en dirección al Relojero, aunque en un momento determinado la hemos cambiado por un sendero entre los pinares marcado de corto recorrido.
Al subir a un pequeño collado para disfrutar del paisaje nos hemos encontrado con nuestra amiga en medio del sendero, mirándonos con esos ojos de extraterrestre y en la típica postura de la que toma el nombre: mantis religiosa o santateresa, porque al tener las patas delanteras recogidas parece que esté orando. No se ha movido un milímetro, retadora y sin quitarme la vista de encima, me ha dejado retratarla.

¿Qué me pasaría a mí por la cabeza si, de repente, un ser chiquicientas veces mayor que yo se parara de repente, para escrutarme a cinco centímetro de mi cara con un cacharro que hace ¡clic!? Huiría despavorido, como el 99% de los bichos vivientes, en cambio esta ni se inmuta, ¡Con un par!

Mi carro

Cuando hoy día cualquier relación con un personaje conocido puede retorcerse hasta límites insospechados, traigo aquí un recuerdo divertido de uno de nuestros viajes.

Hace seis años Marián se hizo esta foto con Manolo Escobar, fue un encuentro casual en el bar de carretera El Molino, que está al salir de Albacete camino de Madrid; el buen hombre estaba tomando café en la barra y charlando con el camarero, lo reconocimos, le pedimos una foto de recuerdo y él amablemente se ofreció; después, seguimos nuestro camino. Un personaje conocido y amable, fin de la historia, sin más.

sábado, 23 de octubre de 2010

Acortamos distancias, acercamos personas...

... Gobierno de España.

Esto dice el anuncio de Adif (antigua Renfe), según el cual los 391 km que hay entre Madrid y Valencia, se van a recorrer en una hora y media en el recién inaugurado AVE. Entre Murcia y Madrid hay aproximadamente 9 km más y el trayecto en tren se cubre en cuatro horas y pico, casi tres veces más que en el recorrido anterior.

Más que nadie, por supuesto que no, pero mucho menos que todos los demás, pues tampoco. Murcia es una de las seis ciudades más populosas de España y la única que no cuenta con un cinturón de autovías que la circunden para aliviar los accesos y facilitar los trayectos de los que pasando por aquí, no vienen a vernos. Tampoco tenemos aeropuerto de entidad como las demás (de momento). Se frustró el trasvase del Ebro y andan a vueltas con liquidar el del Tajo; entre unos y otros se están cargando el macropuerto previsto en El Gorgel y que tan bien vendría para situar a Murcia en la órbita logística de los transportes.

Murcia presentó su candidatura a Capital Europea de la Cultura, y a las primeras de cambio, se quedó fuera en la selección. A pesar de todo, poco a poco se va invirtiendo la tendencia: Murcia ha sido incluida en el corredor europeo de transportes ferroviarios y el proyecto de  Campus Mare Nostrum ha logrado la calificación de Campus de Excelencia Internacional, con lo que eso supone en prestigio, inversiones e imagen.

En cuanto Adif se ponga las pilas y nos conecte con Madrid en una hora y media (aunque sean dos y pasando por Alicante, que manda narices), quién corresponda nos termine un par de autovías, para que las que tenemos no acaben en bancales como ahora, nos dejen el agua en paz, y alguna que otra cosilla pendiente, Murcia y sus murcianos no se sentirán los convidados de piedra de la multicomunidad española en la que el que no llora no mama y cuanto más bruto te pones, más caso te hacen.

viernes, 22 de octubre de 2010

Midiendo el tiempo

Miles de años de evolución y los hombres y mujeres evolucionados durante tanto tiempo, no hemos conseguido ponernos de acuerdo en algo tan simple como debiera ser la medición del tiempo. Este es un tema recurrente, lo sé, pero no por ello dejaré de dedicarle unos pensamientos.

El tiempo es para el hombre un concepto matemático, y lógico es que se atribuya al hombre el invento del reloj, el primer reloj solar con cierta exactitud se le adjudicó al filosofo griego Anaximandro, aunque seguro que los egipcios, los chinos y los incas ya coqueteaban con las mediciones solares con anterioridad. Luego vinieron el de agua, el de arena, el de péndulo, el de cuerda, hasta llegar al de Rafa Nadal que es lo más de lo más.

 Para la mujer, el tiempo es más un tema filosófico y de conveniencia que otra cosa; lo utilizan a su antojo y lo estiran o lo acortan a voluntad en función de sus necesidades del momento. Posiblemente esta fuera una de las razones que incentivaron a los maridos inventores de relojes, para intentar conseguir la mayor exactitud posible de sus artilugios: la despreocupación temporal de sus esposas.

No hay nada como algunos ejemplos para ilustrar el tema:

1º Cuando un hombre dice ¡Ya!, es ya; para la mujer "Ya" es: "Vete abriendo la puerta que me estoy retocando los labios y tengo que coger el bolso y darle una vuelta a la casa por si quedan luces encendidas, grifos abiertos o alguna hoguera sin apagar".

2º Un minuto para el hombre son 60 segundos; para una mujer, "Me queda un minuto" es sinónimo de: "No te desesperes que me estoy cambiando de blusa y aún no tengo claro si los zapatos me van con el conjunto, pero seguramente me decidiré pronto".

3º Dos minutos suponen para el hombre exactamente el doble que uno, 120 segundos, en cambio para la mujer, cuando asegura que "Me quedan dos minutos", se habre un amplio campo de posibilidades, desde "Estoy en la ducha y me voy a lavar el pelo", hasta "Tengo cinco posibilidades de atuendo para salir y no me decido por ninguna y me planteo un par más de conjuntos", pasando por "Tengo que terminar una conversación telefónica de última hora" y que se alarga indefinidamente.

4º Cinco minutos para el hombre son un lapso de tiempo suficientemente amplio como para bajar la basura, sacar el coche del garaje, bajar a comprar el pan y cosas por el estilo. Para la mujer, cinco minutos son, simplemente, una eternidad, un mundo de oportunidades en el que pueden caber, con facilidad, actividades suficientes como para llenar una jornada.

5º Un rato para el varón es solo eso, un rato. Para la mujer un rato es sencillamente inconmensurable, aunque a veces puede llegar a sorprender (raramente), y convertirlo en un lapso de tiempo parecido al del hombre.

A partir de aquí, las medidas de tiempo se distancian tanto entre sí, según su interprete, que resulta practicamente imposible conjugarlas, y por tanto, no merece la pena seguir con disquisiciones sobre el tema y lo que procede es llegar a una conclusión: Si el tiempo se rigiera por parámetros femeninos, no existiría el extrés, no se llegaría tarde al trabajo ni a la escuela, y lo que es más importante, las mujeres gobernarían el mundo y seguro que lo harían bien.

Yo aun no estoy preparado para tamaña involución, pero seguro que el futuro va en esa dirección, porque, en definitiva, en el 90% de las ocasiones, un rato arriba, un rato abajo no lo cambiará. Y por supuesto, todo esto no es más que una mera elucubración subjetiva de un maniático de la puntualidad.

jueves, 21 de octubre de 2010

¡Vaya valla!

Esto es una tarjeta de invitación de boda y lo demás tonterías, lo que no se es como hacen los anunciantes para que todos los invitados pasen por el cartel y tomen nota de la feliz noticia y del lugar de celebración. Quizá lo hagan mediante una quedada por internet y organicen un flashmob en el lugar para amenizarla.

La hemos encontrado esta tarde caminando por la nueva avenida de acceso a Beniaján; es una gozada pasearse por una hermosa vía recién asfaltada, pintada y afarolada, antes de que con su inauguración el paso de los coches le quite toda la gracia. Atraviesa una zona de huerta entre el río y La Azacaya, los huertos de limonerosa a ambos lados, y algunos granados y caquis intercalados con su fruta madura.

Era la caída de la tarde y numerosas bandadas de aves migratorias en perfecta formación en "V" amenizaban la imagen, junto con un pavo real muy serio encaramado en el tejado de una casa colindante que observaba su paso (y el nuestro)

Espero que los futuros esposos se quieran mucho y durante mucho tiempo, ¡Que menos para compensar el esfuerzo familiar por proclamar su amor a los cuatro vientos! Me preocupa sin embargo  pensar si cuentan con todos los que leamos el mensaje para la celebración y si es así ¿Qué podríamos regalarles? Quizá una cuña radiofónica de felicitación sería apropiada.

lunes, 18 de octubre de 2010

Zombies

Cuando yo era adolescente, es decir, tenía la edad de los adolescentes de ahora, me chiflaban las películas de miedo a pesar de que era un poco caguetilla, y de entre ellas, las de zombies me causaban especial zozobra, hasta el punto que después de ver una de ellas me daba congoja dormir solo en mi habitación.
Ya me pilló mayorcito, pero la peli de El Amanecer de los Muertos me llenó de congoja hasta los huesos, durante muchos días soñé con que me perseguían los zombies por el centro comercial y la angustia de no poder librarme de ellos todavía la recuerdo.

Lo que más me impactó de los zombies fue la capacidad de caminar sin rumbo fijo, con la mirada perdida y los churretes sanguinolentos adornándoles la cara. También me llamaba la atención lo difícil que era cargárselos; como ya estaban muertos y lo sabían, se aprovechaban de ello y caminaban y caminaban con los brazos extendidos hacia cualquier ser vivo que se pusiera a su alcance. 
 Pasados los años, prácticamente habían desaparecido de mi archivo mental estos personajes, pero de un tiempo a esta parte he empezado a encontrármelos por doquier. Al principio solo los veía en los trenes y autobuses, ensimismados, con la mirada perdida y balanceándose ritmicamente en silencio; después empecé a verlos por la calle en la misma actitud, por los centros comerciales como antaño, hablando solos, gesticulando sin sentido, atravesando vías y calles sin mirar, cruzándose conmigo sin verme ¡Qué desasosiego! Pero la desazón aumentó cuando descubrí que existían hasta en mi propia casa. Llamo a comer o a cenar en la inmensidad de 90 m2, y aunque oigo movimiento nadie acude; alzo la voz al alcance ya de los vecinos y sigue sin acudir nadie, me acerco y a diez escasos metros encuentro mi objetivo que me mira con ojos interrogantes ¡Qué pasa! dice sacándose algo de un oído ... 
Los nuevos zombies caminan ensimismados conectados a multitud de artilugios que les aíslan de lo que les rodea, a menudo, peligrosamente aislados. Escuchan su música, hablan con sus allegados, resuelven problemas, cierran negocios, arreglan el mundo, pero no levantan la mirada a las cornisas de los edificios, ni a las copas de los árboles, a los pájaros, al cielo, a los aviones que lo surcan; no captan el detalle del niño de la mano de su madre, que camina raudo a su paso cotorreando alegremente, no se fijan en los gestos, en las miradas, en los colores del trayecto. No viven la calle y en la calle pasan cosas distintas cada día de las que merece la pena disfrutar, pues no las podemos enlatar y reproducir al día siguiente.

domingo, 17 de octubre de 2010

El paso

Tengo dos seguidores incondicionales (y algunos lectores más) de este rincón de sastre, que llaman blog. Un blog sin seguidores es como un diario debajo de la cama; yo ya tengo dos, uno mi amigo Antonio y otro mi hija Blanca; no podía ser de otra manera, dos asideros importantes en la vida,  la amistad y la familia; hay más, pero estos son importantes.

Lo bueno de tener un amigo es que sabes que está ahí, lo veas mucho o poco, tengas más o menos relación, está ahí, te acuerdas de él y sabes que él también se acuerda de ti. Normalmente no necesitas nada en tu devenir diario, pero si lo necesitas, él está ahí, disfruta con tus alegrías y sufre con tus penas. Cuando me contó que colgaba sus fotos de barcos en un blog, me acordé del mío, creado y abandonado al mismo tiempo y me animé a retomarlo. Ahora nos seguimos mutuamente, nos enseñamos nuestras cosas.

Cuando Blanca se enteró de que yo hacía mis pinitos blogueros, yo me enteré de que ella ya hacía los suyos por su cuenta. ¡Que cosas! Tan cerca y tan lejos, ahora nos permitimos el lujo de conocer otras facetas de nuestra vida que en nuestra relación casera no surgen. Bien. 

Echo mano de mi lista de contactos en el outlook y veo la cantidad de personas con las que comparto ese medio de comunicación: trabajo, familia, ocio ... Bueno, algunos de ellos seguro que se entretienen con mis cosas, rebuscando en mi cajón de sastre, así que he decidido dar el paso de compartirlo con ellos. Saludos cordiales.

Bodas


Cuando estaba de estreno de este blog, allá por el 19 de mayo de 2006 y tras la comunión de Elisa, me preguntaba yo por la siguiente boda que sucediera a las de Pilar-Yayo y Silvia-Adolfo, sin caer en la cuenta de que esto de las bodas suele traer consecuencias para las partes contratantes, así, se han intercalado los bautizos de Guille y Miguel Roque en La Romaneta.

Pues bien la incognita fue desvelada y continuó la saga de matrimonios familiares el pasado 3 de septiembre, con el ¡sí quiero! de Celia y Agustín que hizo las delicias de los asistentes, aunque también arruinó más de un maquillaje como consecuencia de las intervenciones de hermanos y hermanas que pusieron un nudo de emoción en la garganta de los asistentes y más de una lágrima incontenida en las primeras filas.

Ayer asistímos a otra boda, la hija de una compañera de trabajo, a la que he visto crecer a toda prisa desde el patio del colegio Jesús María, hasta el altar, pasando por la escuela de Ingenieros de Caminos de Valencia, donde le echó el ojo a su profesión y a su consorte.

Da gusto ir de boda, son emocionantes, todos estamos contentos, nos llevamos bien y lo pasamos mejor; vemos familia con la que nunca coincidimos, conocemos interesantes compañeros de mesa, nos desmelenamos en la pista de baile y nos retiramos cuando el cuerpo se rinde, comentando la jornada. En esta sociedad que todo lo reglamenta y organiza, debería ser un derecho constitucional y una obligación ineludible la de asistir, al menos, a una boda al año. ¡Vivan los novios!

sábado, 16 de octubre de 2010

Los libros de mi abuelo


Mi abuelo Isidro era un buen tipo. Tuve la suerte de relacionarme con él durante los dos años que pasé interno en Madrid; con él y con la abuela Carmela, quién cada vez que podía acercarme a verlos me preparaba unas natillas caseras que me encantaban y que aunque pasado el tiempo me enteré que eran de sobre, no dejé de añorarlas. Me gustaba su casa de la calle Ferraz, por la línea 4 del Metro, de la Avenida de América a Arguelles, me ponía en ella en un pis pas. El ascensor de madera, antiguo a más no poder, traqueteaba hasta el cuarto piso al que siempre llegabas conteniendo el aliento, y aunque me gustaba tumbarme en un sofá pequeñito del que me colgaban las piernas en el cuarto de estar, entrando a la derecha, lo que más me gustaba de la casa era la cocina alicatada de blanco, con su despensa, su cocina económica, la caldera, la fresquera y por supuesto, la leñera con el portillo de madera que dejaba entrever sus entrañas repletas de carbón; me gustaba subirme encima con las piernas cruzadas mientras disfrutaba de las natillas. Pegada a la cocina estaba Alaska, una habitación pequeña, de servicio, con dos robustas literas de hierro cuajadas de mantas con las que poder sobrellevar la gélida temperatura que le daba el nombre.

En esa casa vivió mi padre de joven y ahora vive mi padre de abuelo, es la casa de los Márquez. Mi abuelo murió sorprendiéndonos a todos, yo creo que incluso a él mismo; con lo previsor que era y no le dio tiempo de organizarse. La abuela murio después, pienso que perdió bastante el interés por las cosas cuando se fue el abuelo y anduvo a vueltas por seguirle hasta que lo consiguió, no sin antes venir a mi boda, la de su nieto mayor, el de las natillas.

La casa se fue vaciando, unos esto, otros aquello ... poco a poco la casa que yo conocía se fue desvaneciendo hasta quedar desnuda. En aquel trasiego no participé ¡No me gusta desmantelar las cosas, yo soy arreglador!. Alguien me preguntó si no tenía interés en conservar algo, y un buen día me pasé por allí por ver que quedaba. No quedaba nada, al menos a la vista, aún así, localicé dos cosas que conservo con cariño: una Virgen del Pilar casi de tamaño natural, que llevamos a platear y preside el salón de mi casa desde las alturas y un diminuto nacimiento escondido en una vasija de barro que permitía verlo por una abertura y que tras sustituir la vasija por una base de madera con una campana de cristal, me recuerda a mis abuelos cada vez que me siento a trabajar en mi bureau del cuarto de estudio.

No quedaba nada que nadie quisiera, abrí el armario de la entrada, y allí estaban, apilados, ordenados, esperando, los libros de mi abuelo, aquellos que semana tras semana a lo largo de muchos años de su vida había ido atesorando, pulcramente firmados y con la fecha de su adquisición, allí estaban los realistas de fines del XIX y principios del XX, Galdós y sus Episodios Nacionales de los que solo faltaba Trafalgar (Que conseguí posteriormente aunque de una edición moderna), Pereda, Pedro Antonio de Alarcón, Blasco Ibañez, Palacios Valdés, Pardo Bazán, Alas Clarín; la Generación del 98 al completo, con títulos de  Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, Ramón del Valle-Inclán, Antonio Machado, Azorín, Pío Baroja; libros de Manuél Alcón, Ricardo León, Pérez Madrigal, Concha Espina, novelas del Caballero Audaz, Jardiel Poncela y más, muchos más. Ese era mi tesoro, el que me dejó mi abuelo y yo dejaré a mis nietos, sus libros, los míos.